martes, 19 de enero de 2016

Chupasangre *

Voy a matarte amor.
Ustedes se pueden quedar a mirar.
Ya me saqué la ropa y el esmalte de uñas. No queda nada de nuestro único encuentro.
Quedate quieto.
Siempre supe que era casi un deber estar lejos de vos, pero las luces de la calle suelen distraerme. Sobre todo cuando al destino se le mete algo en la cabeza. ¿Dije destino? No creo en el destino. Creo en una sucesión de hechos fortuitos y que nuestros propios pasos nos llevan siempre al mismo callejón de mierda. Pero si te deja más tranquilo, llamémosle destino.  
Callejón destino. De mierda.
No sé de qué te sorprendés.
Entraste por la ventana como un cocainómano chupasangre cuando toca el timbre en la madrugada. Y que la noche dure lo que aguante la bodega. Claro que la ventana estaba abierta porque soy curiosa y la curiosidad le abre la puerta a los destinos picantes. ¿Ves? Ya hablé otra vez del destino.
Maldito callejón destino picante.
Una vez en el dormitorio te metiste en  mi cama. Y quise correr, pero correr tan fuerte que se desgarren las pantorrillas, que queden en carne viva los pies, que la gente diga: Mirá como corre. Y llegar al río, al desierto, a los nombres antiguos,  y pegar la vuelta, para cerrar la ventana y no dejarte entrar.  
Pero me quedé quieta y te esperé.
Respirá más despacio. Puedo escuchar como cada pensamiento taladra tu calentura como una manada de elefantes.
Sin esperar, me faltaste el respeto como corresponde y me comiste la boca hasta la nuca, cómo si el tiempo se nos fuera en ese beso de pasaje bíblico y guirnaldas que me cortó la respiración mientras me levantabas la remera.
Y me mordiste, aunque solo un poco, a pesar de tu propia voracidad. 
¿Recordás lo que pasó después? Dijiste que me amabas demasiado como para hacerme sufrir tu condena. 
Me río, te juro.
Y yo mordida a medias te supliqué que me alejaras de tanta muerte. Quería ser lo que eras, ver lo que veías, amar lo que amabas y te negaste. Me dijiste que ya estabas muerto.
Vos y tu santa omnipotencia.
¿Ustedes van comprendiendo? El callejón picante, destino maldito.
Dejá de moverte.
Me voy a sentar arriba tuyo.
Veras amado mío, ya lo dice Sartre: la vida es un paréntesis en el medio de dos nadas.
Pero ahora yo estoy arriba, vos abajo y en el medio, está todo.
¿Acaso la muerte no resignifica la vida?
Yo voy a matarte chupasangre
Hace muchos días que estás acá, atado y hambriento. Ya tu cuerpo se está devorando sus propios músculos y tendones.
Debe ser desesperante. Casi tanto como mi cuello y las dos putas marcas que me dejaste.
¿Verdad que esta sangre que ves caer te hace agua la boca?
Estás temblando.
Cuando te desate no vas a poder evitar que se te vaya de las manos y te vas a tomar hasta la última gota. 
Vas a matar mi humanidad con tu apetito descontrolado.
Y con ella tu eternidad. 
Ya ven

Somos un animal bicéfalo que para ustedes ya está muerto.

*Texto escrito para "Función Privada", evento de lecturas organizado por Leo Oyola y Hernán Lucas, en Septiembre del 2015.







Publicar un comentario