jueves, 28 de enero de 2016

Pájaro blanco

esta central nerviosa
forma una oración estrábica
que trastabilla y resiente
la armonía del entramado
con esquirlas de una pelea perdida

dame las explicaciones que hagan falta
hasta que logre ordenarlas
como si fuera un scrabbel
al que le falta la A la E y la M

hablame hasta el infinito
mientras digo como en un mantra
que contas con mis ganas
de ser un pájaro blanco
que esta por arriba de todas las fisuras

y repito sinceramente
que contas con mis ganas
aunque vengan unos platos voladores
desde los cuatro puntos cardinales
con una maquinaria estupenda
una lucha de gigantes
algo insensato
que vencerás a tiempo
porque sos como un pájaro blanco
que está por arriba de todas las fisuras

lunes, 25 de enero de 2016

Selva *

Entré al comedor y todos me observaron. La cuerda tensa de sus miradas decían a las claras que yo no debía estar ahí. La mesa de roble rectangular estaba cubierta por un mantel de plástico con enormes flores naranjas y amarillas y en la parte dónde se sentaba todos los mediodías a comer Ricardo había marcas de cigarrillos, muy a pesar de los continuos reclamos de Selva. Fumaba Jockey Club rojos. Era lo único que no me gustaba de Ricardo. Ese olor a tabaco químico, a cultivo mohoso, a brasa corriendo por los pulmones hasta llegar al paladar, mientras por los poros exudaba más tabaco y menos olfato.  Había diez personas. Todos familia. Pero de los que son como ajenos, o extranjeros, o al contrario, que de tan patriotas hacen que todos los demás se vean como traidores a la patria. O al menos, visitantes del fin de semana lo que a esa altura era casi lo mismo. Había cuatro personas de cada lado de la mesa. En una cabecera estaba Selva y en la otra, Ricardo. En el aire flotaba cierta culpabilidad de Selva, cierta silla eléctrica en punto muerto. Selva me llamó con un gesto. En su mano derecha sostenía un pañuelo de tela. Y fui hacia ella, mientras las bolas negras de las pupilas familiares nos traspasaban como estacas. Ricardo me detuvo con su voz firme e imposible de desobedecer. Y dudé. Dudé, mientras en mi cabeza empezaba a abrirse paso el  oscuro deseo de que se abriera un cráter en ese comedor y que se los tragara a todos, uno por uno con sus banderas de mierda, con su narices éticas, con su culo dorado.  Y que Selva se vaya por la puerta hacia la plaza donde la habían visto caminar al lado de ese tipo, un tipo sin rostro, pero con aparente silueta de secreto entre los dientes. Y que siguiera su camino, pero que me llevara con ella, hasta el río, o hasta la calle donde lograra por fin ser su pelo rojo y su anhelo de actriz de teléfonos blancos.

*Selva / Microrrelato  seleccionado para el Dario Nco Matanza.

http://diarionco.net/portada/matanza/microficcion-selva-por-valentina-vidal/

martes, 19 de enero de 2016

Chupasangre *

Voy a matarte amor.
Ustedes se pueden quedar a mirar.
Ya me saqué la ropa y el esmalte de uñas. No queda nada de nuestro único encuentro.
Quedate quieto.
Siempre supe que era casi un deber estar lejos de vos, pero las luces de la calle suelen distraerme. Sobre todo cuando al destino se le mete algo en la cabeza. ¿Dije destino? No creo en el destino. Creo en una sucesión de hechos fortuitos y que nuestros propios pasos nos llevan siempre al mismo callejón de mierda. Pero si te deja más tranquilo, llamémosle destino.  
Callejón destino. De mierda.
No sé de qué te sorprendés.
Entraste por la ventana como un cocainómano chupasangre cuando toca el timbre en la madrugada. Y que la noche dure lo que aguante la bodega. Claro que la ventana estaba abierta porque soy curiosa y la curiosidad le abre la puerta a los destinos picantes. ¿Ves? Ya hablé otra vez del destino.
Maldito callejón destino picante.
Una vez en el dormitorio te metiste en  mi cama. Y quise correr, pero correr tan fuerte que se desgarren las pantorrillas, que queden en carne viva los pies, que la gente diga: Mirá como corre. Y llegar al río, al desierto, a los nombres antiguos,  y pegar la vuelta, para cerrar la ventana y no dejarte entrar.  
Pero me quedé quieta y te esperé.
Respirá más despacio. Puedo escuchar como cada pensamiento taladra tu calentura como una manada de elefantes.
Sin esperar, me faltaste el respeto como corresponde y me comiste la boca hasta la nuca, cómo si el tiempo se nos fuera en ese beso de pasaje bíblico y guirnaldas que me cortó la respiración mientras me levantabas la remera.
Y me mordiste, aunque solo un poco, a pesar de tu propia voracidad. 
¿Recordás lo que pasó después? Dijiste que me amabas demasiado como para hacerme sufrir tu condena. 
Me río, te juro.
Y yo mordida a medias te supliqué que me alejaras de tanta muerte. Quería ser lo que eras, ver lo que veías, amar lo que amabas y te negaste. Me dijiste que ya estabas muerto.
Vos y tu santa omnipotencia.
¿Ustedes van comprendiendo? El callejón picante, destino maldito.
Dejá de moverte.
Me voy a sentar arriba tuyo.
Veras amado mío, ya lo dice Sartre: la vida es un paréntesis en el medio de dos nadas.
Pero ahora yo estoy arriba, vos abajo y en el medio, está todo.
¿Acaso la muerte no resignifica la vida?
Yo voy a matarte chupasangre
Hace muchos días que estás acá, atado y hambriento. Ya tu cuerpo se está devorando sus propios músculos y tendones.
Debe ser desesperante. Casi tanto como mi cuello y las dos putas marcas que me dejaste.
¿Verdad que esta sangre que ves caer te hace agua la boca?
Estás temblando.
Cuando te desate no vas a poder evitar que se te vaya de las manos y te vas a tomar hasta la última gota. 
Vas a matar mi humanidad con tu apetito descontrolado.
Y con ella tu eternidad. 
Ya ven

Somos un animal bicéfalo que para ustedes ya está muerto.

*Texto escrito para "Función Privada", evento de lecturas organizado por Leo Oyola y Hernán Lucas, en Septiembre del 2015.







sábado, 16 de enero de 2016

abro la ventana y veo
este maldito verano
que no invita
que no forma parte
cierro los ojos y cuento
las tripas
las dudas
y las pocas certezas
de que las verdades son hijas del otoño
y que el amor sucede
a pesar de los caníbales

y de un enero mezquino

martes, 5 de enero de 2016

mientras dormías
con la luz diáfana de la mañana
mi hambre de mar
de piel salada
y de tiempo ocioso
miré  tus tatuajes y los míos
de otros vos
de otras yo
algunos en capas de azul descolorido
otros de tinta fresca en tiempo presente
cada uno, 
de irreductible autenticidad
entonces me dije
que paréntesis sublime
este, el nuestro
subidos a esta montaña incurable y voluptuosa
dónde el tiempo presente y la tinta fresca

corren inexorables a nuestro favor