martes, 29 de diciembre de 2015

Taxi

Es una mañana fría y le hago señas al primer taxi que pasa.  El auto se detiene, abro la puerta y el olor a cigarrillo se me viene encima. Hasta Talcahuano y Santa Fe, digo. El tapizado es como una alfombra de telo barato. ¿Cansada?, pregunta el hombre. Recién lo miro. La nuca, el perfil derecho y  los ojos en el espejo retrovisor, me recuerdan a un rompe cabezas o a un cuadro de Picasso.  Si, bastante, respondo monocorde, cuándo lo que en realidad quisiera decirle es que no me gusta charlar con los tacheros. El hombre empieza a tararear una canción que no conozco, pero la modula como un cantor de cena-show. Por suerte es un viaje corto. De manera abrupta interrumpe su interpretación y pregunta: ¿Vas a trabajar? Respondo que sí y en tono de reproche agrego: me subí a tu auto porque quería llegar más rápido. Sobreviene un largo silencio. Me ataca una especie de  remordimiento por ser tan descortés. El tráfico en esta ciudad está cada vez peor, digo cordial y es suficiente para que el hombre diga, te voy a contar algo: Dios me dictó una carta. Respondo con un largo suspiro. Definitivamente no me gusta charlar con los tacheros. Miro el celular, no tengo señal, que interesante, le digo. Estoy a punto de pedirle que me deje en la próxima esquina pero no lo hago. Es un mensaje para todos nosotros, dice el hombre y me mira otra vez por el espejo retrovisor. Sigo sin señal. La mandé a algunas radios pero no me dieron pelota, agrega y veo que el tráfico se alivia y el auto empieza a ganar velocidad. La mandé a los diarios, pero tampoco la publicaron,  continúa el hombre y ya estamos a pocas cuadras del destino. Empiezo a transpirar y miro a la gente por la ventanilla del taxi, que ahora son estelas o líneas de colores, como cuando voy por la ruta a toda velocidad,  hasta que reconozco la cuadra a la que voy y le digo: por acá no más. El hombre frena despacio y deja el auto en marcha. Me asomo por el respaldo para ver cuánto indica el reloj mientras busco la plata en la cartera. Hace mucho que no se comunica con nosotros, es un mensaje importante, dice y pregunta: ¿No tenés un minuto más?  Pienso en decirle que no, que no tengo un puto minuto más, pero digo sí claro, como voy a ir en contra de lo que Dios quiere. El hombre saca una hoja y decido que ya es suficiente, que es momento de bajarme. Cobrate,  le digo mientras estiro la mano con varios billetes de diez. No agarra el dinero y quiero abrir la puerta pero no puedo. El hombre mira la hoja, comienza a leer en voz alta y simulo que entra una llamada, hola, estoy abajo, digo. El hombre deja de leer y dice: no hace falta que mientas,  y reanuda la lectura con palabras que me retuercen las tripas. Al finalizar, me mira de nuevo, pero ya no por el espejo, me mira de frente. Hay un segundo de silencio, como de envasado al vacío. La puerta se abre y me bajo, mientras le digo que estoy muy apurada. Cierro la puerta más fuerte de lo que debiera y me voy, con el firme propósito de extirpar de mi memoria el contenido de esa carta por el resto de mi vida.

http://decimaeditora.com.ar/2015/10/16/taxi-de-valentina-vidal/ 
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