lunes, 1 de abril de 2013

Pernocte / Mara - Fragmento capítulo VII


Mari, Maru, Marucha, Mar, Meri. Todo menos como me llamo. Mara. Mirá que es corto mi nombre, no hay ninguna necesidad de diminutivos. Pero la gente insiste. Lo cambian, lo deforman, lo manipulan. Y yo odio las manipulaciones. Las cosas como son. Sin mentiras, sin velos, sin medias tintas. La mentira blanca no deja de ser mentira por más que cambie de color, la piadosa no deja de ser conveniente por más que se haga la generosa, y la omisión es a las claras una acción funcional a la falta de verdad. Y la falta de verdad es ni más ni menos que la mentira. Entonces llamame como me llamo, Mara, y decime la verdad, tal cual es, cruda y sin adornos, que es preferible sufrir por algo que sucede que andar imaginando lo que pudo ser porque no te atreviste a contármelo y vivir en un colchón de pelotudez fingida.
                Pero Julio no se atrevió. No pudo decirme nada. Y acá estoy, en medio de un duelo que nunca termina, teniendo que avisar otra vez a qué hora vuelvo como si no tuviese la edad que tengo. Cada vez que me acuerdo enfurezco. Es una rabia rara, porque nunca merma. 
                Otra vez se me ensuciaron las manos y me lavé hace cinco minutos. Pero ahora toqué la lapicera que se había caído al piso y me las tengo que volver a lavar. Desde que me separé de Julio las cosas se ensucian más que antes. Es difícil mantener la limpieza con semejante polvareda. Y agarro el trapo húmedo para sacarla y pienso que entre las uñas la tierra es imposible de quitar. Y agarro el alcohol, pongo los dedos ahí un rato. Para el caso no importa. Julio y la tarjeta sin explicaciones que justificaran su noche. Está todo sucio, no logro terminar de limpiar la mesada de la cocina. Si no sale ni con la virulana. Encima entre los carditos de la virulana se junta comida y hay cosas pegajosas. La quiero tirar, agarro el papel de la cocina para abrir el tacho, porque si lo hago con los guantes de goma los tengo que tirar. Igual tengo como veinte guardados, porque son difíciles de limpiar por dentro. Así que duran dos o tres lavados y los tiro. Es un presupuesto, pero mejor es que quede todo bien limpio y no haya dudas. No como la mentira que es sucia, como Julio que ni siquiera me pudo ser honesto y dejarme tranquila, no. Me tuvo que decir una verdad a medias, distorsionada, oscura, con datos imprecisos, que se transforma con el paso del tiempo en una sucia mentira. Encima se me está haciendo tarde y tengo que acomodar todo esto. Y no me tengo que olvidar la llave del gas. Que el otro día me acordé cuando ya estaba en el colectivo y me tuve que bajar a mitad de camino. Por suerte la ropa la elegí ayer, que si no no me voy más. Aunque me doy cuenta que por las dudas esa remera mejor no me la pongo. Seguro que si me la pongo me lo cruzo o le pasa algo. Y ahora que hago. Voy a llegar  tarde al trabajo, y si miento con el tráfico de nuevo se me sigue acortando la vida. Cada mentirita son diez minutos menos. Todo por la tarjeta del telo. Siempre me dieron asco los telos. Son imposibles de limpiar, a quien engañan. Que inmundo Julio, irse a un telo. No podría volver a tocarlo en mi vida, eso no me lo entiende ¿Cómo voy a besar una boca, que haya tenido otra saliva, otros olores? Me revuelve el estómago. Julio sos un pelotudo y un asqueroso. ¿Y ahora que mierda me pongo?

Capítulo VII- Fragmento del capítulo VII de Pernocte.


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