domingo, 31 de marzo de 2013

Reventar

Porque creer a veces parece mala palabra. Porque no me importa. Porque por algo me llegó a la retina. Porque por lo menos lo intenté. Porque sabía que sí, muchas más veces de las que pensé que no. Porque la certeza no tiene un pelo de tonta. Porque creer también es reventar. Y porque de volverme a equivocar, lo voy a volver a intentar. Aunque reviente por creer.

sábado, 30 de marzo de 2013

La pared

Un cuento que ilustró la genia de mi hermana Aleta Vidal.

Pernocte / Walter - Fragmento capítulo V


Walter  vivió en San Pedro hasta los 17 años. Perdió a sus padres en un accidente de auto a los 14, y quedó solo de un día para el otro. Siempre le habían gustado las cartas. Para ser exacto, el Póker. El se decía asimismo que era un “pendejo pendenciero que no entendía nada de la vida” y empezó a jugarlo todo. Una cosa lleva a la otra, y se jugó todos los campos de la familia. Hasta la casa y la chata perdió.  Un día estaban en plena mano de póker, tenía un full, y había perdido todas las manos anteriores. Un trago apuraba al otro, y la tensión se mezclaba con la humareda de los jugadores. En el cuarto entró su primo, Juan. Cuando lo vio sentado en la mesa soltó delante de todos los presentes: “ahí está ese hijo de mil putas que se jugó todas las propiedades de la familia” no terminó la frase que Walter ya se le había prendido al cuello. Le pegó tanto que lo dejó inconsciente. Pensó que lo había matado. Los amigos lo llevaron directo a la terminal de ómnibus. Le dijeron que mejor se vaya para Buenos Aires, que en el pueblo todos se conocen y que ya no podría andar tranquilo por ahí. Y así se vino Walter. Con apenas una caja de 12 alfajores que compro en la terminal antes de venirse.  No había visto un colectivo en su vida. Se subió al primero que vio y terminó justo acá la vuelta, en un taller mecánico. Entro a pedir trabajo y le dijeron que el dueño no estaba. Se quedó afuera esperando. Hacía un frío de los mil demonios. No le quedaba un peso. Para pasar el frío se comió uno de los alfajores. Desde adentro los operarios se reían de él. Se comió todos los alfajores mientras esperaba a lo largo del día. Llegando la nochecita el dueño lo hizo pasar y lo puso a prueba a levantar unas chatarras que había por ahí. Le puso tanto empeño que lo tomaron. Así fue que se quedó en Buenos Aires y en esta misma manzana. Allá en sus pagos no le quedó nadie a quien escribirle, ni nadie quiso saber nunca nada de él. Sus días en el taller habían sido algo parecido a una familia y con eso le alcanzaba. Hasta que el dueño enfermó gravemente y se  le murió en los brazos.  Llevaba treinta años al lado. Le alcanzaba el diario, le cebaba los mates. Tenía un lugar caliente dónde dormir. Si estaba más él que sus propios hijos. Pero todo se terminó y la familia quiso vender el taller. De un día para el otro estaba exactamente igual que hacía veinte años, solo, con una mano atrás y otra adelante. Un par de días antes de terminar de subir las cosas al camión que llevaba todo al desarmadero, uno de sus compañeros, un pibito de unos veinticinco años, le dijo que era cliente del Hotel Montreal y que sabía que estaban buscando alguien de confianza para la conserjería. Walter se dio una vuelta aquella tarde por el hotel  y tuvo la buenaventura de que el dueño, siempre tenía problemas con el embriague, y era Walter quién se lo dejaba como un violín. A veces ni le cobraba, porque era una pavadita, decía él. Y le dio el laburo, después de darle unas palmadas en el hombro por enterarse del pase a mejor vida del dueño del taller. Y acá decidió plantarse, si es posible hasta el final, mejor.
-Al trago le di anoche, es verdad. Le dije, como si confesara algo que no se sepa.
-No hay como conseguir laburo cuando estás muerto en vida.
-Y quise celebrar.
-Claro, si hay tan pocos motivos  para festejar que cuando aparece alguno, nos tomamos hasta el agua de los floreros.
Y sin decirnos nada más nos volvimos cada uno a sus tareas. Una pareja quería un turno y yo tenía que seguir viendo que pasaba con el sistema del aire acondicionado.

Fragmento del capítulo V de Pernocte.