viernes, 28 de diciembre de 2012

Veinte minutos

Cualquier asunto es bueno para no enfrentarte y voy de rama en rama, con la cabeza en cualquier lado y dos o tres buenas excusas para no sentarme a mirarnos a la cara. Y yo bufeo, como actuando para algún celuloide de pocos espectadores, de esos que no tienen siesta ni sobremesa, para convencerlos que no puedo, cuando lo cierto es que no quiero o tanto más verdadero sería que la pereza me entibia la silla. Entonces al fin me digo la verdad, que no tengo ganas de decir, ni de nombrar lo que me desgasta. Pero luego resuena aquello de que los hábitos y que las costumbres y que hacerse del oficio y que blabletas. Entonces me siento, a mis veinte minutos obligados a quererte, como si no te quisiera, como si cada frase no estuviera en la valija del ropero, como si no hubiera ni ganas ni razones para martillarte con impulso de supervivencia y te empiezo lentamente a manosear por debajo de la pollera, algo torpe, hasta encontrar tu núcleo, tu montón de flores, la chispa del fuego imperial que me guía a tu casa, a desparramarte este hormiguero, estos granos de pimienta negra o de semillas de lino, sobre tu desacatado absolutismo de hoja en blanco.