viernes, 7 de septiembre de 2012

Primavera

Podría largar en crudo mi discurso con una larga cadena de adjetivos que me llevarían al aburrimiento más letal. A la vez sé muy bien que jamás podría acariciarlo con sutilezas, con la docilidad que le gustaría recibir y que le daría la licencia de mirarme con desfachatez por encima de su hombro con su mueca burlona y que tanto le cuesta exhibir. Él es como una comedia romántica norteamericana, tan aire de otros tiempos, dentro de una enorme caja de pandora que se abre y que solo contiene sombras. Cansada de preguntar hasta donde sigue su camino de sarcasmo me pregunto, acerca de su indiscreta forma de ponerle cara a la maldad. ¿Fue un acuerdo mancomunado o se habrá largado por las suyas? De todas formas me siento agradecida. Porque un enemigo invisible es mucho más poderoso que uno como él, tan grotesco y desafiante. Y comprendo que al final he caído. Y que no pude más que llenarlo de ellas, las palabras que tan poco merece. Palabras que son mis únicas armas en este lío. Pero adivino que no es el único en su especie y que no es solo suyo el mérito. Porque lejos de la perfección, sus maquetas amarillas le han estado fallando. Parece que se olvidó que las palabras y las flores silvestres crecen en cualquier parte, entre los adoquines, los potreros, los derrumbes, los túneles, los locos y los olvidados. Pero qué suerte, me digo. Qué suerte que es tan indiscreto y le puso cara a la maldad. Justo ahora que es primavera y que llueve y que somos muchas.
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