viernes, 28 de diciembre de 2012

Veinte minutos

Cualquier asunto es bueno para no enfrentarte y voy de rama en rama, con la cabeza en cualquier lado y dos o tres buenas excusas para no sentarme a mirarnos a la cara. Y yo bufeo, como actuando para algún celuloide de pocos espectadores, de esos que no tienen siesta ni sobremesa, para convencerlos que no puedo, cuando lo cierto es que no quiero o tanto más verdadero sería que la pereza me entibia la silla. Entonces al fin me digo la verdad, que no tengo ganas de decir, ni de nombrar lo que me desgasta. Pero luego resuena aquello de que los hábitos y que las costumbres y que hacerse del oficio y que blabletas. Entonces me siento, a mis veinte minutos obligados a quererte, como si no te quisiera, como si cada frase no estuviera en la valija del ropero, como si no hubiera ni ganas ni razones para martillarte con impulso de supervivencia y te empiezo lentamente a manosear por debajo de la pollera, algo torpe, hasta encontrar tu núcleo, tu montón de flores, la chispa del fuego imperial que me guía a tu casa, a desparramarte este hormiguero, estos granos de pimienta negra o de semillas de lino, sobre tu desacatado absolutismo de hoja en blanco.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Días

Hay días que el corazón se cae pesado como una bolsa de papas y que el alma busca el botón de emergencia. Esos días llamo al deshacedor de historias. Al de las noticias descartadas. Y escribo. A ver si en una de esas lee lo que escribí y lo deshace. O en el mejor de los casos lo descarta. Y ya con la hoja en blanco podría reescribir el patio, el mate, la abuela. Entonces vendrían las cuatro estaciones, cualquiera me da igual. Los Malbones crecerían por todos los rincones de su pequeño jardín de un solo tomate. Sus ojos verdes me mirarían y yo le pediría que me cuente de cuando le sacaba viruta al piso y de ese trompetista que le arrastraba el ala. Hasta podría decirle cuanto la quise y cuanto que la extraño. ¿Ha visto que risa? Luego ella me diría que el pelo corto me queda horrible. Y me pondría a jugar en la cocina, para que la deje trabajar con su máquina de coser.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Primavera

Podría largar en crudo mi discurso con una larga cadena de adjetivos que me llevarían al aburrimiento más letal. A la vez sé muy bien que jamás podría acariciarlo con sutilezas, con la docilidad que le gustaría recibir y que le daría la licencia de mirarme con desfachatez por encima de su hombro con su mueca burlona y que tanto le cuesta exhibir. Él es como una comedia romántica norteamericana, tan aire de otros tiempos, dentro de una enorme caja de pandora que se abre y que solo contiene sombras. Cansada de preguntar hasta donde sigue su camino de sarcasmo me pregunto, acerca de su indiscreta forma de ponerle cara a la maldad. ¿Fue un acuerdo mancomunado o se habrá largado por las suyas? De todas formas me siento agradecida. Porque un enemigo invisible es mucho más poderoso que uno como él, tan grotesco y desafiante. Y comprendo que al final he caído. Y que no pude más que llenarlo de ellas, las palabras que tan poco merece. Palabras que son mis únicas armas en este lío. Pero adivino que no es el único en su especie y que no es solo suyo el mérito. Porque lejos de la perfección, sus maquetas amarillas le han estado fallando. Parece que se olvidó que las palabras y las flores silvestres crecen en cualquier parte, entre los adoquines, los potreros, los derrumbes, los túneles, los locos y los olvidados. Pero qué suerte, me digo. Qué suerte que es tan indiscreto y le puso cara a la maldad. Justo ahora que es primavera y que llueve y que somos muchas.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Expulsión

Ella era disidente. Disidente de la disidencia misma. Lo que le ocasionaba sus buenos dolores de cabeza, que muchas veces terminaban en expulsiones. Alguna que otra vez se arrepentía. Extrañaba una tibieza que nunca tuvo, pero tampoco se acordaba porqué le habría faltado. Terminaba de ver alguna película y hacía suyo aquel pasado amigable. Entonces trazaba un plan para ser parte de aquella postal. Pero sus intentos acababan por chocarse contra una esfera de acero inoxidable y salía despedida. Muchas veces repitió el intento, más nunca logró tener éxito. Un día se cansó de rebotar contra la esfera. Y al cabo de un tiempo se olvidó de las postales y de las películas. Entonces ofreció sus respetos y se fue, a seguir viviendo por todos lados en ojotas de flores amarillas.

lunes, 2 de abril de 2012

domingo, 1 de abril de 2012

Adelanto...

Este es un adelanto de un cuento que escribí para mi hermana Aleta Vidal y que está ilustrando maravillosamente.
"...lleva una bitácora con una hoja para cada uno y las va contabilizando con exhaustiva prolijidad.  Piensa que si no lo hace, un piano caerá sobre su cabeza..."