domingo, 24 de julio de 2011

Suvenires

N
La cena estaba servida. Los comensales estaban dispuestos, y todo lucia impecable.  El escenario resultaba ideal con largos cortinados que se desplegaban anchos y monárquicos sobre la alfombra del salón.
Afuera a la noche, no le sobraba nada. La luna, el balcón y el menú no tenían desperdicio.
Las sillas de terciopelo rojo olían a eso, a terciopelo rojo. El mantel, blanco, permitía dibujar el destino a placer de los integrantes de semejante velada.
Ellos eran 8.
4 parejas, 8 comensales, o más bien 7, ya que una era tan delgada como el pico de un colibrí y por sospecha, ó tal vez por prejuicio, no se suponía que fuera a comer demasiado.
La delgada era esposa del banquero. El banquero si que comía. Y no esperaba a ser servido, lo hacía por las suyas, y no porque fuera un hombre justo, sino por llevar la mejor porción.
Al lado de ellos dos estaban dos jovencitos con un hambre de devorar, se desarmaban en ternura y en deseo. Eran un él y otro él, y no hay nada más que hablar.
Distraída esperaba a la orilla de su copa, la secretaria del doctor. Escotada de resultados, un mísero canapé podría reventarle el vestido, que le oficiaba de llamador de lascivas miradas.
El doctor y su esposa dejaban entrever una disputa  antes de llegar, porque ella que es de buen comer advirtió tener el estómago cerrado y el que jamás había profesado ser amante del buen vino, rápidamente se esforzó en dejarlo en evidencia. Detalle que no se sabía hasta esta noche.
El hijo de ellos dos, un adolescente con habilidades en juegos de red, no estaba más interesado en la comida más en los pechos de la secretaria, pero como a esas edades todo se llama hambre, más vale picaba algo antes de irse a su dormitorio.
Quien los reunió a esta ingesta celebrativa, un casamiento por conveniencia.
Blanca y radiante entró la novia sin el novio. Las miradas inquietas no se hicieron esperar, y corrió la madre desencajada a su encuentro.
El tipo se había ido, en la mitad de la boda y ante eso no se puede hacer otra cosa que padecerlo como una estaca en el pecho.
Murmullos, llantos, maquillaje corrido y un gran público asombrado. Ningún integrante de la mesa se levantó a consolar a la novia que no se le ocurrió mejor idea que hacer más grande su humillación presentándose en el salón. Es que no la conocían a ella. Lo conocían a él.
El banquero siguió masticando de cualquier manera, y esbozó una leve sonrisa. La delgada dejo correr alguna lágrima, no se sabe si por falta de nutrientes ó por empatía con aquella mujer vestida de tan blanco desastre.
Finalmente se la llevaron y alguien tuvo que hacerse cargo de la situación. Su hermano, grave y consternado pidió disculpas a los comensales y los invitó a retirarse, no sin antes llevarse los respectivos Suvenires que desde algún estante, como testigos corruptos, formaran parte de un paisaje lleno de polvo y nada más.