jueves, 28 de octubre de 2010

Néstor


Ayer te lloré todo el día.

Primero, te lloré con espasmo y con estupor.

Luego mi llanto se transformó en una profunda tristeza.

Al rato, el llanto se llenaba de preguntas, de inquietudes, acerca del futuro y de las fortalezas de una mujer ante semejante pérdida.

Con los ojos cansados y el pecho estaqueado, te seguí llorando, con más resignación y a veces hasta con pudor, sabiendo que otros tienen mucho más derecho a llorarte que yo, que ni te conocía.

Pero volvía a llorarte, porque la pena era tan verdadera, que mi sentir me indicaba que te tenía muy cerca y que ya no sería así.

El dolor me llevo a la plaza, no sabia bien a qué, a llevarte una flor y un rosario.

Y ahí me encontré con muchos que también te lloraban.

Y en ese llanto compartido, fue que por fin pudimos empezar a transformar el llanto de la tristeza, en un llanto de fortaleza, de dignidad y de orgullo.

Porque nos miramos, y vimos que éramos muchos. Muchísimos. Y que estabas en cada uno de nosotros.

Y aunque tu partida fue demasiado temprana y con tanto por hacer, el consuelo me llega cuando veo que me diste algo que había perdido en mis más tiernos años de juventud. Creer en un presente de lucha, de igualdad, de justicia y la ilusión de que un futuro mejor es posible.

Hasta siempre, Sr. Imprescindible. Gracias por tanto, en tan poco tiempo.