lunes, 6 de septiembre de 2010

El espejo

No había sido una noche fácil. Lo supe apenas desperté. Tenía la sensación de haber estado corriendo toda la noche, como escapándome de algo ó alguien. Me sentía agotada. Ya al fregarme los ojos me sentí extraña, como ajena. Pero como nada llegaba a ser claro porque todavía estaba adormecida, encaré directamente al baño sin hacerme preguntas.
Sabía que algo no andaba bien. Pensé que la simple solución sería mojarme la cara con agua fría. Y así lo hice.
Pero el espejo me devolvió lo siniestro. Otra cara. No parecida. Otra. Otra edad, otro pelo, ojos, nariz y boca. Llena de espanto salí corriendo. Con el corazón bombeando fuerte, repasando cada momento de la noche anterior, recordando que había bebido lo suficiente como para dormir a un toro, y que seguramente esta resaca no estaba ayudando en nada. Que yo en realidad, estaría dormida, lo cual explicaba todo y esto es nada más que una pesadilla demasiado vívida. Así que resolví irme a recostar nuevamente, para lograr despertarme de ella. Lo malo, era que ya a esta altura, me sentía muy despierta. El sueño del sueño no llegaba, y eso me acercaba a seguir pensando en que tenía que negociar con el espejo.
Seguí insistiendo sin éxito en volver a dormirme, pero comencé a pensar en cuantas mañanas desperdiciadas en una queja insolente, siendo desagradecida de lo que hasta hoy creía era tener mala suerte en la vida. Y como me causaba ya una inmensa nostalgia, el simple despertar con mis quehaceres cotidianos.
Sentía que la noche estaba incompleta y la botella estaba vacía, pero no había sido la primera vez que me clavaba una buena borrachera; aunque si la última con mi vieja cara. La mía.
Fui nuevamente al baño... y se me aflojaron las piernas. Respiré profundo, me tomé firme al lavamanos y me observé. Desconocida, nueva, sorprendentemente extraña. No es que fuera un rostro feo, al contrario. Tal vez hasta tenía más gracia que el otro. Una nariz más recta, una frente más sensata, y una boca voluptuosa. Pero no podía soportar la idea. ¿Quien seria esta persona? ¿Tendría que responder por sus actos, sean cuales fueran?
Se me ocurrió llamar por teléfono a mi madre, al menos reconocería mi voz y me sentiría un rato yo misma nuevamente. Me respondió la voz de un hombre.
- ¿Hola?
- Hola, ¿quien habla? busco a…y aquí fue donde se me desvaneció por completo el nombre de mi propia madre.
- Hola, ¿sos vos Carina?
Colgué. ¿Carina? pensé por mis adentros…esta persona me reconoció la voz y me llamó Carina, lo cual calculo debe ser el nombre de este rostro…
A punto ya de perder la razón, fui a chequear mi correo. carinafernandez78@hotmail.com.
No cabían dudas…la desconocida era yo de mi misma. Pero no de los demás. Nadie veía la diferencia, solo yo. Que conocía con exactitud cada pequeño poro y todo lo que había vivido con ella. Ni mi documentación, ni mi celular, avalaban mi certeza. Quería volver a mí, a mi vida, a mi desorden, a mis costumbres. Esas que ya no me pesaban, que ya no quería evitar.
Una sirena de ambulancia me hizo sobresaltar. A la vez que comenzó a sonar el teléfono. Supuse que sería el hombre que me había llamado Carina. Mientras estoy decidiendo que hacer, alguien tocaba el timbre de forma insistente. Mientras que en el piso de arriba se escuchaban pasos, como gente que corría de un lado para el otro. Luego un sobrevino un gran apagón, que invadió todo de oscuridad.
Empecé a buscar una linterna, mis manos encontraron con algo, pero se me cayó y escuché sonido de vidrios rotos. Entonces todo enmudeció y me encontré con la luz del día que entraba por la ventana.
Y me vi. Me vi nuevamente a mi misma, mi propio y reconocido rostro. Mi mismidad toda. Y que agradable sensación saberme y sentirme yo con el ruido de la ducha y de la pava silbando. Con mis mañanas y mi llegada tarde a trabajar. Con estas ojeras de resaca difícil y con todo el día por delante sabiéndome única e irrepetible.