miércoles, 7 de julio de 2010

El consultorio

Había dos secretarias tras el escritorio, mientras una tercera iba y venía.
La recepción era incomoda como casi todas, pero esta era particularmente sombría y de mal gusto. No pretendía convencernos con una decoración repostera. El color preponderante era el azul.
El timbre parecía no funcionar, ya que las pacientes, inclusive quien les habla, terminaban golpeando la puerta con vehemencia. Pero las secretarias no se daban por aludidas.

Tres sofás, dos individuales, mas otras dos sillas agregadas, indicaban que la cantidad de pacientes habituales, excedía notablemente la agenda del doctor. Por lo cual, el tiempo de espera debía ser abrumadora. Por mi parte, iba casi una hora y cuarenta.
Ya había hecho de todo lo que se puede hacer en un lugar así. Leer el diario, mirar revistas viejas, terminar de hacer por fin esos engorrosos llamados pendientes en un despersonalizado tono de voz, ir al baño, no sin experimentar cierta sensación paranoica de que alguna nueva incorporación al staff de pacientes en espera, robaría mi lugar.

Ya se me habían adormecido dos veces las piernas, una de cada lado. Estaba cambiando nuevamente de posición, cuando escuche un estruendo. El ruido había sido realmente llamativo. Era asordinado y grave. Como si estuviesen dinamitando un edificio en alguna manzana cercana. Provenía de una vecina situada a mi derecha. Traté con disimulo y agudizando mi experimentada mirada por el rabillo del ojo, de observarla. No me anime en principio, a hacerlo directamente a la cara. Mire antes a las otras, a mis tocayas, a ellas que también seguramente se habrían indignado con el exabrupto y así podría encontrar algún guiño cómplice que me llenara de valor. Pero no. Cada una seguía en sus fastidios individuales de una espera exasperantemente aburrida. Y no parecían haber advertido nada.

Por lo que la tarea era solitaria. Debía resolver el misterio, y si bien, me considero una persona discreta y prudente, a veces la ansiedad me hace una mala jugada, dejándome en evidencia.

No solo no conseguía distraerme, sino que el hecho se repitió. Esta vez decidí ser tan franca como su desfachatez. La mire a los ojos. Y si mi mirada le resultara acusadora, impertinente y soplona, la realidad es que la desubicada era ella, al emitir semejante sonido gutural, y no yo, que simplemente estaba a la espera de mi llamado, con un comportamiento semejante al de un monje. Pero ella, contrariamente a lo que yo esperaba, no me devolvió la vista. No se disculpo con una sonrisa tímida y abochornada. Ella, solo siguió sumida en quien sabe que. Emanando esos sonidos mientras continuaba con un gesto detenido en la nada.

Indignada, y a punto de indilgar un “habrase visto semejante caradura” Un frio me recorrió la nuca. Algo me provocaba un cosquilleo semejante a alguna pulga descontrolada, el mismo que se siente cuando alguna hormiga se cuela por los pantalones. A esta altura, pensé que me había vuelto fóbica, que ya no aguantaba estar en lugares encerrados, ó que efectivamente tenían que cambiar al personal de mantenimiento y que seguramente cuando el Dr. me llamara, lo hablaría con él, y todo volvería a la normalidad. Así que seguí intentando restarle importancia al asunto.

Me acomode mejor en el respaldo del sillón y trate de enfocar mi mente es cuestiones más positivas, por lo que trate de que así fuera, cuando escuche nuevamente el mismo sonido. Pensé que era suficiente, que todo tenía un límite y debía ayudarla, sutilmente ofrecerle un vaso de agua, ya que tal vez no había almorzado, o que algo no le habría caído bien. Pero una mezcla de fastidio y pudor me detuvo.

Me aboqué a seguir buscándole explicaciones lógicas, cuando sentí que efectivamente algo se estaba deslizando por detrás mio. Al principio fue por mis omoplatos, subiendo por mi hombro izquierdo, enroscándose alrededor de mi axila. Luego tuve la misma sensación, recorriéndome la cintura de lado a lado y sujetándome fuertemente hacia el sofá. Y ya no sabía si se trataba de lo mismo, o si algo más estaba subiendo por mi costado derecho, desde la rodilla hasta el muslo.

Inmóvil ya, completamente sujetada al sillón, mi cabeza estaba imposibilitada de girar, y mi boca de emitir algún sonido. Algo me había paralizado por completo, me sentía atrapada, y sin posibilidad de escape alguno. Lo único que podía seguir haciendo era observar.

La mujer seguía viendo la nada. Las demás seguían hojeando mecánicamente sus revistas y no parecían notar nada extraño. Salvo yo, que me encontraba víctima de algo que sentía como brazos resbaladizos que se me iban trepando y sujetando cada vez más fuerte hacia el respaldo de mí asiento.

Había algo de lo que estaba segura, esta extraña criatura había nacido de su estomago. Si, de las entrañas de mi inocente y traicionera vecina del sofá. No podía identificar cuantos brazos habían sido. Pero me aferraban ferozmente.
Me di cuenta que tampoco estaba ya escuchando sonido alguno. Que el piso, hasta entonces única certeza de que la realidad todavía era palpable, se volvió blando y pegajoso. Mis pies no podían levantarse, y mi cabeza estaba amarrada literalmente desde la frente hasta el respaldo.

Las otras mujeres, que no dejaban de leer, lentamente eran envueltas por estos extraños brazos largos. A todas de forma casi ritual, les ocurría lo mismo, primero un brazo, luego la pierna, cuello y cabeza. Lo único que podían seguir moviendo, eran los ojos. Hasta el rabillo, de arriba hacia abajo y de derecha a izquierda. Ahora me encontraban. ¡Ahora lograban verme! ¿Por qué me habían ignorado, cuando busque con desesperación su ayuda? Ahora se volvían a mí, como suplicándome que las saque de este infierno, como si realmente supiera cómo hacerlo.

Ahí estábamos, todas apretadas, atadas, sujetas cada una a su sitio sin poder hacer absolutamente nada. Los brazos cada vez más largos, se iban comunicando entre sí, formando un mundo húmedo y maloliente. Miradas y más miradas, era lo único que quedaba libre. Tal vez como únicos testigos de lo que se estaba por hacer.
¿Pero que pasaba con el mundo normal? ¿La gente caminando por la calle, los autos, los colectivos? ¿Multitudes entrando y saliendo del subte? La gente normal no debía pasar por algo así. Ni sabrían de la existencia de este hecho abrumador. Pero yo pensaba en todas nosotras, que seguramente tendrían familiares o amigos, que estarían esperándolas, que seguramente iniciaran una exhaustiva investigación en torno a las 8 mujeres masacradas en la recepción del Dr. Collado. Que saldría en todos los diarios, que no moriríamos en vano y que atraparían por fin a esta deleznable criatura.

De repente escuche por fin algo. Un sonido, un balbuceo. Un chirrido, unos golpes en la puerta, y la sensación de que la opresión ya no era la misma. Algo se estaba aflojando y ya sentía cierta libertad de movimientos. Podía despegar la cintura del respaldo, y el piso era un piso.

“¡Vidal!” Como lejano. “¡Vidal, valentina!” Escuché claramente. Levante la vista. Todos los brazos habían desaparecido, las mujeres seguían hojeando sus revistas, y al mirar nuevamente a la mujer de la derecha, siento sobre mi hombro una mano fuerte y segura, acompañada de un “¿Valentina, estas bien?” mire hacia ese lado y era la bonachona cara rosada del Dr. Collado. “Hola Doc. Sí, creo que me quede dormida” y me levante hacia su consultorio, algo atontada, no sin antes observar a mi implacable e impiadosa vecina, que continuaba observando la nada.
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