sábado, 31 de julio de 2010

La pianista, el gato y el suicida

Me llamo Manuel. Tengo 43 años. Vivo en un viejo edificio en el barrio del Once, donde tanta alienación se enmudece los domingos y los restos de la desesperación consumista ruedan en las veredas sucias de la plaza.
Aquella mañana de sábado, tuve que salir obligado a comprar la comida de Rodolfo, mi viejo y gordo gato, en medio de esa multitud enardecida. El ascensor no funcionaba, por lo que traté de bajar las escaleras muy cautelosamente, para evitar cualquier encuentro con vecinos. Esos momentos, por más que no vayan más allá de un escueto "buenos días" me resultan muy incómodos. El edificio es una como una caja de resonancia, donde se escuchan todo tipo de ruidos desde otros departamentos. Esto provoca que sea realmente embarazoso cruzarme con el tipo que acabo de escuchar como tenia una desagradable discusión telefónica.
De modo, que iba bajando sigilosamente cuando la vi. Ella iba bajando por delante de mí. Al no escucharme no notó mi presencia,  y pude observarla con la impunidad del que mira sin ser visto.  Tan delgada ella, tan pálida…sus manos, pequeñas y delicadas, dedos largos, cuidados y gráciles. El pelo suelto y algo alborotado, dejaba entrever que no hacía mucho se había levantado. La pequeñez de su contextura y tanto abrigo, hacia que se perdiera dentro de esa montaña de sacos y bufandas. Nunca le había escuchado la voz.  No podía calcular su edad, pero era joven y estaba seguro que vivía sola algunos pisos más arriba. Las pocas veces que nos hemos cruzado, no creo haberle llamado la atención, más que como un individuo que forma parte de esa civilización que vive en su edificio.
Salió caminando apurada hacia la calle y la perdí de vista. Luego de hacer mis compras, y gastar mis últimas monedas, me remití a hundirme en mi viejo sillón, que es lo que hago casi las 24 horas del día. Hace algún tiempo tomé la decisión de abandonarlo todo. Contaba con algún ahorro que conseguí gracias a un buen arreglo económico al que llegué con mi ex trabajo, y decidí subsistir con ese dinero, hasta que se termine, y yo con él. Mi plan era perfecto, ya que me encargué durante meses, que nadie me extrañe. Me fui alejando de la gente, me volví huraño, desprolijo y malhumorado, una persona a la que nadie querría frecuentar. Para cuando por fin decidiera abandonar esta fútil existencia, nadie haría demasiada alharaca.
Al dejarle la comida en el plato a Rodolfo, supe que había llegado el día.  Le preparé varios más diseminados por todo el departamento, para que no se atragante y viva lo suficiente hasta que lo encuentren, y alguien que quiera un viejo gato lo adopte. Y sino, tendría que hacerse cargo de su suerte ,peleando en azoteas por su vida, como el resto de los gatos.
Abrí el grifo de la bañadera, la templé, cuidadosamente acomodé los elementos necesarios al costado y sobre el bidé, cuando empieza a sonar una música lejana. Un piano, tan dulce que me sentí conmovido. A tal punto que tuve que salir a buscar de donde provenía. Se colaba por la ventilación de mi baño, eso estaba claro. Salí al pasillo, y fui siguiendo la música, subí un piso, dos, tres…hasta llegar al frente del departamento de Ana. Tocaba el piano tan exquisitamente, que me quedé petrificado delante de su puerta sin importarme quien me viera. Decidí posponer mi plan para el día siguiente.
A la mañana lamenté la pérdida de tiempo, sobretodo, por la comida de Rodolfo, no podía dejar pasar mucho más, sino tendría que dejarlo en algún lado, y no quería explicar los motivos por lo que lo daba en adopción.
Llegó la tarde, y nuevamente procedí a terminar el asunto. Era la misma hora del día anterior, “al final era lógico” pensé, las estadísticas de los suicidios, que se incrementan cuando cae el sol. Y eran las 7 de la tarde.  Estaba ensimismado en lo mío, cuando volví a escuchar su piano. Esta vez quede asombrado por la furia con la que estaba tocando. Pensé en sus manos, tan finas, tan etéreas, como podían tocar devorándose las teclas, martillándolas, sacándole los graves más graves de las profundidades de la música, haciendo vibrar toda la madera de su instrumento, haciéndolo vociferar, exclamar, abarcar la pregunta entera, hacia Dios, el mundo, ó  la existencia toda.
Y ya no me importaba tanto mi objetivo. Mi mente se iba hacia su casa, su piano, sus manos. Con el interrogante de que pasaría el día siguiente a la misma hora. Todas las tardes, a las 7 en punto Ana tocaba su piano. Cada vez, una pieza diferente. Unas con dulzura, otras con furia, a veces con la misma desesperanza que sentía cada tarde antes de que ella comenzara con su ejecución. Fui posponiendo día tras día,  pieza tras pieza, mi final.
Al cabo de tres meses, había logrado que alguien se encariñe con Rodolfo y le regalaba comida, a él, y a mí. Volvía de retirar la donación, a media cuadra de mi casa cuando veo una mujer pequeña cargando un bolso. A medida que me voy acercando y voy pudiendo definir su imagen, la reconozco a Ana. A donde se iría? Se  estaba mudando? Podía ser que simplemente cansada de no tener espacio en su placar había decidido finalmente regalar todo lo que no usaba. Pero como podía yo saberlo? Ella simplemente cargó su bolso en un auto que la estaba esperando  y partió.
Di vueltas en el living, me senté en el sillón, intenté hacer funcionar la t.v., divagué en pensamientos inocuos, el tiempo pasaba lento y desinteresado. Llegó por fin la tarde, y preparé el baño tal como lo venía haciendo cada tarde durante estos tres meses.
Eran las 18 45. Estaba  preparado.

viernes, 30 de julio de 2010

Mejoras

Mejor estar acá, con el arco, la planta y cada dedo del pié bien apoyado en el suelo.
Mejor ponerle la cara al invierno, aunque el frío congele la respiración.
Mejor mirarnos a los ojos y vernos los huesos, las tripas, las ganas.
Mejor tocarnos cálidos y fuertes, aunque alguna vez nos hayan ganado la espalda.
Mejor no tratar de detener el instante, porque es dinámico, coqueto y escurridizo.
Mejor sabernos más que cuerpos y por fin despreocuparnos de la bendita finitud.

martes, 27 de julio de 2010

El bar de los viejitos

Los dibujos de este cuento, los hizo mi hermana Aleta Vidal. Que no se muy bien porqué, con semejante talento para el dibujo, quería tocar la guitarra. Por suerte desistió y crea este tipo de maravillas. Me llena de satisfacción que hagamos algo juntas y es tambien un honor, porque la considero un gran talento. (Además de quererla tanto).

miércoles, 7 de julio de 2010

El consultorio

Había dos secretarias tras el escritorio, mientras una tercera iba y venía.
La recepción era incomoda como casi todas, pero esta era particularmente sombría y de mal gusto. No pretendía convencernos con una decoración repostera. El color preponderante era el azul.
El timbre parecía no funcionar, ya que las pacientes, inclusive quien les habla, terminaban golpeando la puerta con vehemencia. Pero las secretarias no se daban por aludidas.

Tres sofás, dos individuales, mas otras dos sillas agregadas, indicaban que la cantidad de pacientes habituales, excedía notablemente la agenda del doctor. Por lo cual, el tiempo de espera debía ser abrumadora. Por mi parte, iba casi una hora y cuarenta.
Ya había hecho de todo lo que se puede hacer en un lugar así. Leer el diario, mirar revistas viejas, terminar de hacer por fin esos engorrosos llamados pendientes en un despersonalizado tono de voz, ir al baño, no sin experimentar cierta sensación paranoica de que alguna nueva incorporación al staff de pacientes en espera, robaría mi lugar.

Ya se me habían adormecido dos veces las piernas, una de cada lado. Estaba cambiando nuevamente de posición, cuando escuche un estruendo. El ruido había sido realmente llamativo. Era asordinado y grave. Como si estuviesen dinamitando un edificio en alguna manzana cercana. Provenía de una vecina situada a mi derecha. Traté con disimulo y agudizando mi experimentada mirada por el rabillo del ojo, de observarla. No me anime en principio, a hacerlo directamente a la cara. Mire antes a las otras, a mis tocayas, a ellas que también seguramente se habrían indignado con el exabrupto y así podría encontrar algún guiño cómplice que me llenara de valor. Pero no. Cada una seguía en sus fastidios individuales de una espera exasperantemente aburrida. Y no parecían haber advertido nada.

Por lo que la tarea era solitaria. Debía resolver el misterio, y si bien, me considero una persona discreta y prudente, a veces la ansiedad me hace una mala jugada, dejándome en evidencia.

No solo no conseguía distraerme, sino que el hecho se repitió. Esta vez decidí ser tan franca como su desfachatez. La mire a los ojos. Y si mi mirada le resultara acusadora, impertinente y soplona, la realidad es que la desubicada era ella, al emitir semejante sonido gutural, y no yo, que simplemente estaba a la espera de mi llamado, con un comportamiento semejante al de un monje. Pero ella, contrariamente a lo que yo esperaba, no me devolvió la vista. No se disculpo con una sonrisa tímida y abochornada. Ella, solo siguió sumida en quien sabe que. Emanando esos sonidos mientras continuaba con un gesto detenido en la nada.

Indignada, y a punto de indilgar un “habrase visto semejante caradura” Un frio me recorrió la nuca. Algo me provocaba un cosquilleo semejante a alguna pulga descontrolada, el mismo que se siente cuando alguna hormiga se cuela por los pantalones. A esta altura, pensé que me había vuelto fóbica, que ya no aguantaba estar en lugares encerrados, ó que efectivamente tenían que cambiar al personal de mantenimiento y que seguramente cuando el Dr. me llamara, lo hablaría con él, y todo volvería a la normalidad. Así que seguí intentando restarle importancia al asunto.

Me acomode mejor en el respaldo del sillón y trate de enfocar mi mente es cuestiones más positivas, por lo que trate de que así fuera, cuando escuche nuevamente el mismo sonido. Pensé que era suficiente, que todo tenía un límite y debía ayudarla, sutilmente ofrecerle un vaso de agua, ya que tal vez no había almorzado, o que algo no le habría caído bien. Pero una mezcla de fastidio y pudor me detuvo.

Me aboqué a seguir buscándole explicaciones lógicas, cuando sentí que efectivamente algo se estaba deslizando por detrás mio. Al principio fue por mis omoplatos, subiendo por mi hombro izquierdo, enroscándose alrededor de mi axila. Luego tuve la misma sensación, recorriéndome la cintura de lado a lado y sujetándome fuertemente hacia el sofá. Y ya no sabía si se trataba de lo mismo, o si algo más estaba subiendo por mi costado derecho, desde la rodilla hasta el muslo.

Inmóvil ya, completamente sujetada al sillón, mi cabeza estaba imposibilitada de girar, y mi boca de emitir algún sonido. Algo me había paralizado por completo, me sentía atrapada, y sin posibilidad de escape alguno. Lo único que podía seguir haciendo era observar.

La mujer seguía viendo la nada. Las demás seguían hojeando mecánicamente sus revistas y no parecían notar nada extraño. Salvo yo, que me encontraba víctima de algo que sentía como brazos resbaladizos que se me iban trepando y sujetando cada vez más fuerte hacia el respaldo de mí asiento.

Había algo de lo que estaba segura, esta extraña criatura había nacido de su estomago. Si, de las entrañas de mi inocente y traicionera vecina del sofá. No podía identificar cuantos brazos habían sido. Pero me aferraban ferozmente.
Me di cuenta que tampoco estaba ya escuchando sonido alguno. Que el piso, hasta entonces única certeza de que la realidad todavía era palpable, se volvió blando y pegajoso. Mis pies no podían levantarse, y mi cabeza estaba amarrada literalmente desde la frente hasta el respaldo.

Las otras mujeres, que no dejaban de leer, lentamente eran envueltas por estos extraños brazos largos. A todas de forma casi ritual, les ocurría lo mismo, primero un brazo, luego la pierna, cuello y cabeza. Lo único que podían seguir moviendo, eran los ojos. Hasta el rabillo, de arriba hacia abajo y de derecha a izquierda. Ahora me encontraban. ¡Ahora lograban verme! ¿Por qué me habían ignorado, cuando busque con desesperación su ayuda? Ahora se volvían a mí, como suplicándome que las saque de este infierno, como si realmente supiera cómo hacerlo.

Ahí estábamos, todas apretadas, atadas, sujetas cada una a su sitio sin poder hacer absolutamente nada. Los brazos cada vez más largos, se iban comunicando entre sí, formando un mundo húmedo y maloliente. Miradas y más miradas, era lo único que quedaba libre. Tal vez como únicos testigos de lo que se estaba por hacer.
¿Pero que pasaba con el mundo normal? ¿La gente caminando por la calle, los autos, los colectivos? ¿Multitudes entrando y saliendo del subte? La gente normal no debía pasar por algo así. Ni sabrían de la existencia de este hecho abrumador. Pero yo pensaba en todas nosotras, que seguramente tendrían familiares o amigos, que estarían esperándolas, que seguramente iniciaran una exhaustiva investigación en torno a las 8 mujeres masacradas en la recepción del Dr. Collado. Que saldría en todos los diarios, que no moriríamos en vano y que atraparían por fin a esta deleznable criatura.

De repente escuche por fin algo. Un sonido, un balbuceo. Un chirrido, unos golpes en la puerta, y la sensación de que la opresión ya no era la misma. Algo se estaba aflojando y ya sentía cierta libertad de movimientos. Podía despegar la cintura del respaldo, y el piso era un piso.

“¡Vidal!” Como lejano. “¡Vidal, valentina!” Escuché claramente. Levante la vista. Todos los brazos habían desaparecido, las mujeres seguían hojeando sus revistas, y al mirar nuevamente a la mujer de la derecha, siento sobre mi hombro una mano fuerte y segura, acompañada de un “¿Valentina, estas bien?” mire hacia ese lado y era la bonachona cara rosada del Dr. Collado. “Hola Doc. Sí, creo que me quede dormida” y me levante hacia su consultorio, algo atontada, no sin antes observar a mi implacable e impiadosa vecina, que continuaba observando la nada.