jueves, 28 de octubre de 2010

Néstor


Ayer te lloré todo el día.

Primero, te lloré con espasmo y con estupor.

Luego mi llanto se transformó en una profunda tristeza.

Al rato, el llanto se llenaba de preguntas, de inquietudes, acerca del futuro y de las fortalezas de una mujer ante semejante pérdida.

Con los ojos cansados y el pecho estaqueado, te seguí llorando, con más resignación y a veces hasta con pudor, sabiendo que otros tienen mucho más derecho a llorarte que yo, que ni te conocía.

Pero volvía a llorarte, porque la pena era tan verdadera, que mi sentir me indicaba que te tenía muy cerca y que ya no sería así.

El dolor me llevo a la plaza, no sabia bien a qué, a llevarte una flor y un rosario.

Y ahí me encontré con muchos que también te lloraban.

Y en ese llanto compartido, fue que por fin pudimos empezar a transformar el llanto de la tristeza, en un llanto de fortaleza, de dignidad y de orgullo.

Porque nos miramos, y vimos que éramos muchos. Muchísimos. Y que estabas en cada uno de nosotros.

Y aunque tu partida fue demasiado temprana y con tanto por hacer, el consuelo me llega cuando veo que me diste algo que había perdido en mis más tiernos años de juventud. Creer en un presente de lucha, de igualdad, de justicia y la ilusión de que un futuro mejor es posible.

Hasta siempre, Sr. Imprescindible. Gracias por tanto, en tan poco tiempo.

lunes, 6 de septiembre de 2010

El espejo

No había sido una noche fácil. Lo supe apenas desperté. Tenía la sensación de haber estado corriendo toda la noche, como escapándome de algo ó alguien. Me sentía agotada. Ya al fregarme los ojos me sentí extraña, como ajena. Pero como nada llegaba a ser claro porque todavía estaba adormecida, encaré directamente al baño sin hacerme preguntas.
Sabía que algo no andaba bien. Pensé que la simple solución sería mojarme la cara con agua fría. Y así lo hice.
Pero el espejo me devolvió lo siniestro. Otra cara. No parecida. Otra. Otra edad, otro pelo, ojos, nariz y boca. Llena de espanto salí corriendo. Con el corazón bombeando fuerte, repasando cada momento de la noche anterior, recordando que había bebido lo suficiente como para dormir a un toro, y que seguramente esta resaca no estaba ayudando en nada. Que yo en realidad, estaría dormida, lo cual explicaba todo y esto es nada más que una pesadilla demasiado vívida. Así que resolví irme a recostar nuevamente, para lograr despertarme de ella. Lo malo, era que ya a esta altura, me sentía muy despierta. El sueño del sueño no llegaba, y eso me acercaba a seguir pensando en que tenía que negociar con el espejo.
Seguí insistiendo sin éxito en volver a dormirme, pero comencé a pensar en cuantas mañanas desperdiciadas en una queja insolente, siendo desagradecida de lo que hasta hoy creía era tener mala suerte en la vida. Y como me causaba ya una inmensa nostalgia, el simple despertar con mis quehaceres cotidianos.
Sentía que la noche estaba incompleta y la botella estaba vacía, pero no había sido la primera vez que me clavaba una buena borrachera; aunque si la última con mi vieja cara. La mía.
Fui nuevamente al baño... y se me aflojaron las piernas. Respiré profundo, me tomé firme al lavamanos y me observé. Desconocida, nueva, sorprendentemente extraña. No es que fuera un rostro feo, al contrario. Tal vez hasta tenía más gracia que el otro. Una nariz más recta, una frente más sensata, y una boca voluptuosa. Pero no podía soportar la idea. ¿Quien seria esta persona? ¿Tendría que responder por sus actos, sean cuales fueran?
Se me ocurrió llamar por teléfono a mi madre, al menos reconocería mi voz y me sentiría un rato yo misma nuevamente. Me respondió la voz de un hombre.
- ¿Hola?
- Hola, ¿quien habla? busco a…y aquí fue donde se me desvaneció por completo el nombre de mi propia madre.
- Hola, ¿sos vos Carina?
Colgué. ¿Carina? pensé por mis adentros…esta persona me reconoció la voz y me llamó Carina, lo cual calculo debe ser el nombre de este rostro…
A punto ya de perder la razón, fui a chequear mi correo. carinafernandez78@hotmail.com.
No cabían dudas…la desconocida era yo de mi misma. Pero no de los demás. Nadie veía la diferencia, solo yo. Que conocía con exactitud cada pequeño poro y todo lo que había vivido con ella. Ni mi documentación, ni mi celular, avalaban mi certeza. Quería volver a mí, a mi vida, a mi desorden, a mis costumbres. Esas que ya no me pesaban, que ya no quería evitar.
Una sirena de ambulancia me hizo sobresaltar. A la vez que comenzó a sonar el teléfono. Supuse que sería el hombre que me había llamado Carina. Mientras estoy decidiendo que hacer, alguien tocaba el timbre de forma insistente. Mientras que en el piso de arriba se escuchaban pasos, como gente que corría de un lado para el otro. Luego un sobrevino un gran apagón, que invadió todo de oscuridad.
Empecé a buscar una linterna, mis manos encontraron con algo, pero se me cayó y escuché sonido de vidrios rotos. Entonces todo enmudeció y me encontré con la luz del día que entraba por la ventana.
Y me vi. Me vi nuevamente a mi misma, mi propio y reconocido rostro. Mi mismidad toda. Y que agradable sensación saberme y sentirme yo con el ruido de la ducha y de la pava silbando. Con mis mañanas y mi llegada tarde a trabajar. Con estas ojeras de resaca difícil y con todo el día por delante sabiéndome única e irrepetible.

sábado, 31 de julio de 2010

La pianista, el gato y el suicida

Me llamo Manuel. Tengo 43 años. Vivo en un viejo edificio en el barrio del Once, donde tanta alienación se enmudece los domingos y los restos de la desesperación consumista ruedan en las veredas sucias de la plaza.
Aquella mañana de sábado, tuve que salir obligado a comprar la comida de Rodolfo, mi viejo y gordo gato, en medio de esa multitud enardecida. El ascensor no funcionaba, por lo que traté de bajar las escaleras muy cautelosamente, para evitar cualquier encuentro con vecinos. Esos momentos, por más que no vayan más allá de un escueto "buenos días" me resultan muy incómodos. El edificio es una como una caja de resonancia, donde se escuchan todo tipo de ruidos desde otros departamentos. Esto provoca que sea realmente embarazoso cruzarme con el tipo que acabo de escuchar como tenia una desagradable discusión telefónica.
De modo, que iba bajando sigilosamente cuando la vi. Ella iba bajando por delante de mí. Al no escucharme no notó mi presencia,  y pude observarla con la impunidad del que mira sin ser visto.  Tan delgada ella, tan pálida…sus manos, pequeñas y delicadas, dedos largos, cuidados y gráciles. El pelo suelto y algo alborotado, dejaba entrever que no hacía mucho se había levantado. La pequeñez de su contextura y tanto abrigo, hacia que se perdiera dentro de esa montaña de sacos y bufandas. Nunca le había escuchado la voz.  No podía calcular su edad, pero era joven y estaba seguro que vivía sola algunos pisos más arriba. Las pocas veces que nos hemos cruzado, no creo haberle llamado la atención, más que como un individuo que forma parte de esa civilización que vive en su edificio.
Salió caminando apurada hacia la calle y la perdí de vista. Luego de hacer mis compras, y gastar mis últimas monedas, me remití a hundirme en mi viejo sillón, que es lo que hago casi las 24 horas del día. Hace algún tiempo tomé la decisión de abandonarlo todo. Contaba con algún ahorro que conseguí gracias a un buen arreglo económico al que llegué con mi ex trabajo, y decidí subsistir con ese dinero, hasta que se termine, y yo con él. Mi plan era perfecto, ya que me encargué durante meses, que nadie me extrañe. Me fui alejando de la gente, me volví huraño, desprolijo y malhumorado, una persona a la que nadie querría frecuentar. Para cuando por fin decidiera abandonar esta fútil existencia, nadie haría demasiada alharaca.
Al dejarle la comida en el plato a Rodolfo, supe que había llegado el día.  Le preparé varios más diseminados por todo el departamento, para que no se atragante y viva lo suficiente hasta que lo encuentren, y alguien que quiera un viejo gato lo adopte. Y sino, tendría que hacerse cargo de su suerte ,peleando en azoteas por su vida, como el resto de los gatos.
Abrí el grifo de la bañadera, la templé, cuidadosamente acomodé los elementos necesarios al costado y sobre el bidé, cuando empieza a sonar una música lejana. Un piano, tan dulce que me sentí conmovido. A tal punto que tuve que salir a buscar de donde provenía. Se colaba por la ventilación de mi baño, eso estaba claro. Salí al pasillo, y fui siguiendo la música, subí un piso, dos, tres…hasta llegar al frente del departamento de Ana. Tocaba el piano tan exquisitamente, que me quedé petrificado delante de su puerta sin importarme quien me viera. Decidí posponer mi plan para el día siguiente.
A la mañana lamenté la pérdida de tiempo, sobretodo, por la comida de Rodolfo, no podía dejar pasar mucho más, sino tendría que dejarlo en algún lado, y no quería explicar los motivos por lo que lo daba en adopción.
Llegó la tarde, y nuevamente procedí a terminar el asunto. Era la misma hora del día anterior, “al final era lógico” pensé, las estadísticas de los suicidios, que se incrementan cuando cae el sol. Y eran las 7 de la tarde.  Estaba ensimismado en lo mío, cuando volví a escuchar su piano. Esta vez quede asombrado por la furia con la que estaba tocando. Pensé en sus manos, tan finas, tan etéreas, como podían tocar devorándose las teclas, martillándolas, sacándole los graves más graves de las profundidades de la música, haciendo vibrar toda la madera de su instrumento, haciéndolo vociferar, exclamar, abarcar la pregunta entera, hacia Dios, el mundo, ó  la existencia toda.
Y ya no me importaba tanto mi objetivo. Mi mente se iba hacia su casa, su piano, sus manos. Con el interrogante de que pasaría el día siguiente a la misma hora. Todas las tardes, a las 7 en punto Ana tocaba su piano. Cada vez, una pieza diferente. Unas con dulzura, otras con furia, a veces con la misma desesperanza que sentía cada tarde antes de que ella comenzara con su ejecución. Fui posponiendo día tras día,  pieza tras pieza, mi final.
Al cabo de tres meses, había logrado que alguien se encariñe con Rodolfo y le regalaba comida, a él, y a mí. Volvía de retirar la donación, a media cuadra de mi casa cuando veo una mujer pequeña cargando un bolso. A medida que me voy acercando y voy pudiendo definir su imagen, la reconozco a Ana. A donde se iría? Se  estaba mudando? Podía ser que simplemente cansada de no tener espacio en su placar había decidido finalmente regalar todo lo que no usaba. Pero como podía yo saberlo? Ella simplemente cargó su bolso en un auto que la estaba esperando  y partió.
Di vueltas en el living, me senté en el sillón, intenté hacer funcionar la t.v., divagué en pensamientos inocuos, el tiempo pasaba lento y desinteresado. Llegó por fin la tarde, y preparé el baño tal como lo venía haciendo cada tarde durante estos tres meses.
Eran las 18 45. Estaba  preparado.

viernes, 30 de julio de 2010

Mejoras

Mejor estar acá, con el arco, la planta y cada dedo del pié bien apoyado en el suelo.
Mejor ponerle la cara al invierno, aunque el frío congele la respiración.
Mejor mirarnos a los ojos y vernos los huesos, las tripas, las ganas.
Mejor tocarnos cálidos y fuertes, aunque alguna vez nos hayan ganado la espalda.
Mejor no tratar de detener el instante, porque es dinámico, coqueto y escurridizo.
Mejor sabernos más que cuerpos y por fin despreocuparnos de la bendita finitud.

martes, 27 de julio de 2010

El bar de los viejitos

Los dibujos de este cuento, los hizo mi hermana Aleta Vidal. Que no se muy bien porqué, con semejante talento para el dibujo, quería tocar la guitarra. Por suerte desistió y crea este tipo de maravillas. Me llena de satisfacción que hagamos algo juntas y es tambien un honor, porque la considero un gran talento. (Además de quererla tanto).

miércoles, 7 de julio de 2010

El consultorio

Había dos secretarias tras el escritorio, mientras una tercera iba y venía.
La recepción era incomoda como casi todas, pero esta era particularmente sombría y de mal gusto. No pretendía convencernos con una decoración repostera. El color preponderante era el azul.
El timbre parecía no funcionar, ya que las pacientes, inclusive quien les habla, terminaban golpeando la puerta con vehemencia. Pero las secretarias no se daban por aludidas.

Tres sofás, dos individuales, mas otras dos sillas agregadas, indicaban que la cantidad de pacientes habituales, excedía notablemente la agenda del doctor. Por lo cual, el tiempo de espera debía ser abrumadora. Por mi parte, iba casi una hora y cuarenta.
Ya había hecho de todo lo que se puede hacer en un lugar así. Leer el diario, mirar revistas viejas, terminar de hacer por fin esos engorrosos llamados pendientes en un despersonalizado tono de voz, ir al baño, no sin experimentar cierta sensación paranoica de que alguna nueva incorporación al staff de pacientes en espera, robaría mi lugar.

Ya se me habían adormecido dos veces las piernas, una de cada lado. Estaba cambiando nuevamente de posición, cuando escuche un estruendo. El ruido había sido realmente llamativo. Era asordinado y grave. Como si estuviesen dinamitando un edificio en alguna manzana cercana. Provenía de una vecina situada a mi derecha. Traté con disimulo y agudizando mi experimentada mirada por el rabillo del ojo, de observarla. No me anime en principio, a hacerlo directamente a la cara. Mire antes a las otras, a mis tocayas, a ellas que también seguramente se habrían indignado con el exabrupto y así podría encontrar algún guiño cómplice que me llenara de valor. Pero no. Cada una seguía en sus fastidios individuales de una espera exasperantemente aburrida. Y no parecían haber advertido nada.

Por lo que la tarea era solitaria. Debía resolver el misterio, y si bien, me considero una persona discreta y prudente, a veces la ansiedad me hace una mala jugada, dejándome en evidencia.

No solo no conseguía distraerme, sino que el hecho se repitió. Esta vez decidí ser tan franca como su desfachatez. La mire a los ojos. Y si mi mirada le resultara acusadora, impertinente y soplona, la realidad es que la desubicada era ella, al emitir semejante sonido gutural, y no yo, que simplemente estaba a la espera de mi llamado, con un comportamiento semejante al de un monje. Pero ella, contrariamente a lo que yo esperaba, no me devolvió la vista. No se disculpo con una sonrisa tímida y abochornada. Ella, solo siguió sumida en quien sabe que. Emanando esos sonidos mientras continuaba con un gesto detenido en la nada.

Indignada, y a punto de indilgar un “habrase visto semejante caradura” Un frio me recorrió la nuca. Algo me provocaba un cosquilleo semejante a alguna pulga descontrolada, el mismo que se siente cuando alguna hormiga se cuela por los pantalones. A esta altura, pensé que me había vuelto fóbica, que ya no aguantaba estar en lugares encerrados, ó que efectivamente tenían que cambiar al personal de mantenimiento y que seguramente cuando el Dr. me llamara, lo hablaría con él, y todo volvería a la normalidad. Así que seguí intentando restarle importancia al asunto.

Me acomode mejor en el respaldo del sillón y trate de enfocar mi mente es cuestiones más positivas, por lo que trate de que así fuera, cuando escuche nuevamente el mismo sonido. Pensé que era suficiente, que todo tenía un límite y debía ayudarla, sutilmente ofrecerle un vaso de agua, ya que tal vez no había almorzado, o que algo no le habría caído bien. Pero una mezcla de fastidio y pudor me detuvo.

Me aboqué a seguir buscándole explicaciones lógicas, cuando sentí que efectivamente algo se estaba deslizando por detrás mio. Al principio fue por mis omoplatos, subiendo por mi hombro izquierdo, enroscándose alrededor de mi axila. Luego tuve la misma sensación, recorriéndome la cintura de lado a lado y sujetándome fuertemente hacia el sofá. Y ya no sabía si se trataba de lo mismo, o si algo más estaba subiendo por mi costado derecho, desde la rodilla hasta el muslo.

Inmóvil ya, completamente sujetada al sillón, mi cabeza estaba imposibilitada de girar, y mi boca de emitir algún sonido. Algo me había paralizado por completo, me sentía atrapada, y sin posibilidad de escape alguno. Lo único que podía seguir haciendo era observar.

La mujer seguía viendo la nada. Las demás seguían hojeando mecánicamente sus revistas y no parecían notar nada extraño. Salvo yo, que me encontraba víctima de algo que sentía como brazos resbaladizos que se me iban trepando y sujetando cada vez más fuerte hacia el respaldo de mí asiento.

Había algo de lo que estaba segura, esta extraña criatura había nacido de su estomago. Si, de las entrañas de mi inocente y traicionera vecina del sofá. No podía identificar cuantos brazos habían sido. Pero me aferraban ferozmente.
Me di cuenta que tampoco estaba ya escuchando sonido alguno. Que el piso, hasta entonces única certeza de que la realidad todavía era palpable, se volvió blando y pegajoso. Mis pies no podían levantarse, y mi cabeza estaba amarrada literalmente desde la frente hasta el respaldo.

Las otras mujeres, que no dejaban de leer, lentamente eran envueltas por estos extraños brazos largos. A todas de forma casi ritual, les ocurría lo mismo, primero un brazo, luego la pierna, cuello y cabeza. Lo único que podían seguir moviendo, eran los ojos. Hasta el rabillo, de arriba hacia abajo y de derecha a izquierda. Ahora me encontraban. ¡Ahora lograban verme! ¿Por qué me habían ignorado, cuando busque con desesperación su ayuda? Ahora se volvían a mí, como suplicándome que las saque de este infierno, como si realmente supiera cómo hacerlo.

Ahí estábamos, todas apretadas, atadas, sujetas cada una a su sitio sin poder hacer absolutamente nada. Los brazos cada vez más largos, se iban comunicando entre sí, formando un mundo húmedo y maloliente. Miradas y más miradas, era lo único que quedaba libre. Tal vez como únicos testigos de lo que se estaba por hacer.
¿Pero que pasaba con el mundo normal? ¿La gente caminando por la calle, los autos, los colectivos? ¿Multitudes entrando y saliendo del subte? La gente normal no debía pasar por algo así. Ni sabrían de la existencia de este hecho abrumador. Pero yo pensaba en todas nosotras, que seguramente tendrían familiares o amigos, que estarían esperándolas, que seguramente iniciaran una exhaustiva investigación en torno a las 8 mujeres masacradas en la recepción del Dr. Collado. Que saldría en todos los diarios, que no moriríamos en vano y que atraparían por fin a esta deleznable criatura.

De repente escuche por fin algo. Un sonido, un balbuceo. Un chirrido, unos golpes en la puerta, y la sensación de que la opresión ya no era la misma. Algo se estaba aflojando y ya sentía cierta libertad de movimientos. Podía despegar la cintura del respaldo, y el piso era un piso.

“¡Vidal!” Como lejano. “¡Vidal, valentina!” Escuché claramente. Levante la vista. Todos los brazos habían desaparecido, las mujeres seguían hojeando sus revistas, y al mirar nuevamente a la mujer de la derecha, siento sobre mi hombro una mano fuerte y segura, acompañada de un “¿Valentina, estas bien?” mire hacia ese lado y era la bonachona cara rosada del Dr. Collado. “Hola Doc. Sí, creo que me quede dormida” y me levante hacia su consultorio, algo atontada, no sin antes observar a mi implacable e impiadosa vecina, que continuaba observando la nada.

viernes, 18 de junio de 2010

El bar de los viejitos

El bar de los viejitos está siempre igual.
Es uno o son tres. No lo sé bien.
Yo voy y pido medialunas.
Uno las pone en el papel, el otro lo cierra, y aquel me las cobra.
Pero no sé si son tantos.
Solo sé que son los viejitos del bar.
Que está siempre igual.
Tiene un billar al fondo y algunas mesas de maderita.
Parece haber siempre alguien jugando.
No se bien quienes.
Parece haber gente sentada.
Creo que desde siempre.
El ruido de la tele se alborota con la cocina y la calle.
Los viejitos no hablan con nadie.
Pero no sé si son tres ó uno.
Solo sé que es el bar de los viejitos.
Que siempre está igual.

domingo, 13 de junio de 2010

Banderas

Estoy abrazada a tu encanto
Aunque a veces se me caiga tu nombre
Peleo contra mis propios molinos
Aunque no haya viento a favor
Derrocho destierro, retengo razones.
Que en tiempos vacíos,
Son banderas, que con orgullo enarbolo

Siendo

Antes era otra. Aquella, esa, ella.
Hoy no me acuerdo bien.
Pero ahora soy una, ésta, yo.
La tengo bien presente.
Mañana quien sabe seré otra, aquella, esa.
Que algún día conoceré.
Pero ante todo y con destreza, seré siempre mujer.

Carta documento

Injusta injusticia
Rebelde de pena
caduca de sin sentidos

Exijo una explicacion
a vos y a todos los justos
que sinrazón encontraste
para aplicarme tu ignominia

no era yo la elegida
no era a mi a quien buscabas
fue cruzarte aquella tarde sin verte
que sin querer me encontraste

no te importó malgastar tu bala verduga
no te importó que fuera para otro condenado
al azar apuntaste sin levantar la cabeza
y  por pasar el rato disparaste

así que acá estoy
todavía de pié
mirando mis restos
buscando los pedazos
rearmando la foto de mi alegría

y te exijo un reembolso
a las risas no reídas
a los besos no dados
y al tiempo malgastado

no busques tu balanza vieja y oxidada
no me alcanzan tus razones
quiero la devolución inmediata de mis logros
con indemnización de buenos presagios y finales felices

Malas compañias

Dolor doloroso
Evitá seguirme
Te libero de mi búsqueda
Podes distraerte por ahí
Tomarte el día libre, ó más bien vacacionar en algún país lejano.
Angustia caprichosa
No hace falta pierdas tiempo
No se requiere tu presencia
Escuché tu llamado en otras puertas
Dónde será bienvenida tu visita
No ha sido un gusto para mí
No te quería tan de cerca
Pero ahora que nos conocimos tanto
Es preciso abrir mi círculo de amistades
No te ofendas, no es por mal
Es por conocer y sobrevivir
A tu intenso acompañar

Dos gotas de agua (monólogo para el concurso de Teatro x la identidad)

No se puede pretender que no te busque por todas partes. Cada mañana, si noto que el pelo me va declarando años, o caminando como quien no quiere la cosa, y me veo de refilón en algún reflejo , me funciona como material para construir una imagen de cómo serias, cómo fuiste.


Según la abuela no tenemos nada que ver. Me enojo y le insisto que sí, que cada día me parezco más a esas fotos viejas que me regaló. Si somos iguales. Salta a la vista. En alguna estas con tu amigo “el actor”, como dice la nona, ese que te presentó a mamá, y te metió a laburar con el en la obra.

Cuando voy al psicólogo no lo hago para echarte la culpa de nada. Me encantaría poder responsabilizarte por haber tardado más que los otros para andar en bici sin rueditas. De ser sobre protector, exigente, un poco loco, un poco distraído y olvidarte de ir a las reuniones de padres, pero si de esperarme afuera del boliche y hacerme quedar como un boludo con mis amigos .

De tanta presencia que no me dejara respirar, equivocarme y que me dieses un bife cuando me olieras a marihuana.- y dejar de hablarte re caliente- Total en la mesa del domingo, todo volvía a la normalidad y me terminabas ganando con esa sonrisa cómplice – burlona- que tengo , esa misma que seguro usaste para levantártela a ella. A ella que si la encontramos, a ella si que la pudimos llorar.

Cada pedacito de mi vida, son como rompecabezas que trato de unir. Te imagino más viejo, un poco cansado y con ojos húmedos cuando la justicia cumple su función. A veces entristecidos por los resultados de tu lucha, el dolor de las traiciones, los amigos que no están,. Contándome una y otra vez como te escapaste aquella noche que entraron a casa. Como la agarraste a mamá, con lo puesto, y se subieron al Fiat 1500 que habías comprado hacía poco, de todos esos años escondidos en Brasil, y cómo lo habías planeado: la cosa se estaba poniendo brava, y en un par de días salíamos para allá , dónde Carlos nos estaría esperando. Mientras terminabas con los preparativos, y yo me quedaba en lo de la abuela.

Pero no te enteraste hasta después que a él ya se lo habían llevado. Te fueron a buscar al teatro y lo encontraron antes. Te estaba esperando para ensayar. Parece que eras de llegar tarde a todos lados, lo mismo que yo.

Yo no me acuerdo, pero dice la abuela que fuimos a casa, y estaba la puerta abierta, todo tirado, todo saqueado y los vecinos asustados. Hasta que de a poco nos fueron contando.

Y me miro de nuevo al espejo. Tonteras, me digo. Si soy igual. Si somos dos gotas de agua.

Que si viajara en la máquina del tiempo, me sentaría en el sillón de casa, esperaría a que vengan y me lleven a mí mientras vos y mamá ya están en viaje a Brasil.

Así no te sigo esperando. Así no te sigo buscando.

Así no sigo masticando ausencia, y por fin encontraría mi propia identidad, idealista y revolucionario, empuñando un montón de ideas, mis ideas, por las que moriría de pié.

Antojos

Se me antoja extrañarte
Mirando tus cosas quietas y expectantes
Se me ocurre pensarte
Caminando sensato y confiado
Me tranquiliza escucharte
Hablando sereno y decidido
Me inspira escribirte
Esperando encuentro y encontrarte
Y me encanta mirarte
Porque estás acá y ya llegaste

Polaroids

Así que nos pasamos la vida escapándonos de la muerte.
Y cuando llega ese punto de la vida, dónde nos damos cuenta que es una atroz pérdida de tiempo, porque en ese escape, nos vamos muriendo un poquito más, y por lo tanto, viviendo un poquito menos, ya que tan preocupados por el final, no vivimos como debiéramos el mismísimo objetivo que es nada más y nada menos que el vivir.
Es ahí, dónde nos preocupamos por el tiempo perdido.
Y es en esa preocupación, que se nos va de nuevo, ya casi cuando lo teníamos agarradito al momento, a ese preciso instante dónde nos sentíamos acá y ahora, con la brisa fresca dándonos en la cara, cuando te teníamos entre las manos, momento único y preciado de supervida.
Es en ese mismo pensar de lo vivos que estamos, que se nos vuelve a escapar, entre porqué y porqué , hacia Dios, o al espacio súper estelar, como tratando de entender la razón por la que siempre te nos estas yendo , cuando está tan bueno vivirte.
Y te pierdo de nuevo tratando de retenerte, como también gano, cuando te encuentro entre las polaroids de mi pensamientos y se me llena el alma de saber que esa sonrisa tuya, ese beso y ese mirar, me las voy a quedar hasta que se me gaste la vida entera.

Quijotin

Si te digo que no sé lo que pasa te miento.
Si me lo digo, me hago lo mismo.

Andas con tu armadura pesada a cuestas
Como un quijote, con su espada a la nada, por las dudas.

Cómo esos héroes de guerra,
Que en tiempos de paz quedan desempleados.

Vine a recordarte que nunca fuimos soldados.
Y que ésta batalla ya terminó.

Así que...

Cada vez que vos vayas a mirar atrás,
cada vez que hagas el recuento de los golpes
cada vez que el vacío de las ausencias te revuelva las tripas

Dejame comerme un poco tu dolor.
Dame permiso para volver a empezar.
Brindame tu fe para poder sorprenderte.

Esto no significa que no sea difícil.
Pero tampoco quiere decir que no se pueda.

Vayamos lento abriendo los ojos...

Que el otoño ya llegó
Que hay gris y amarillo por todos lados
Y que si prestas atención,
se puede escuchar las hojas del árbol que golpean nuestro balcón

Dejemos que el tiempo haga su trabajo.
Que el viento nos empuja siempre hacia adelante.

Bronca

Hoy te metiste como una intrusa sigilosa por mi ventana.
Estabas en la ducha, en el café y en mi cartera.
Traté de negarte, pero cuando entré a mi oficina te ví sentada en mi escritorio.
Así que te dije, entre dientes, "buenos días, bronca".
Quise ignorarte, hacer de cuenta que no estabas.
Pero ibas haciendo notar tu presencia un poco más a cada instante.
Te esparcías por todos lados, hasta en los huesos, en el estómago.
Te fuiste filtrando en mi mirada y estabas hasta en el sonido de mi voz.
Como volvías inflamable cada llamado, cada saludo, ó tarea pendiente.
Cuanto placer te traía saberme inmóvil creciendo en mis entrañas.
Como te tenía atragantada, como ni el mate ni el agua, te podían bajar.
Casi te vi sonreír, cuando ya me manipulabas a tu antojo.
Tu razón es destruirme, hiriendo todo a tu paso.
Me hiciste pensar mucho, bronca. En como callarte, como apagarte.
Hasta que por fin se me ocurrió algo:
Hoy te invité un rato a mi cuaderno, lo cual gustosa aceptaste.
Creyendo que ahí también podrías desplegarte a tu antojo.
Lo que ocurre, imprudente y ansiosa bronca, es que en este cuerpo, no hay lugar para las dos.
Así que acá te dejo, entre estas líneas. Presa de esta hoja.
A ver si a ella la podes quemar, cortar ó más bien romper.
Pero veo que no.
Que te quedaste impávida.
Como si estos renglones, fuesen los barrotes de tu propia cárcel.
Así que te condeno, bronca pirómana y descarada.
Ni con trabajos forzados, ni el mejor abogado se va a reducir tu pena.
La huida es imposible en este lugar.
No hay complices para a una bronca condenada.
Y desde ya te advierto: el fiscal es mi pluma.¨
Así que me libero de tu acoso y te digo,
Estas condenada a la sombra eterna de mi expresar.
Ni tu víctima, ni tu cómplice.
Tu suerte está echada y la mía se está escribiendo,
Así que cierro este cuaderno y me retiro.
Muy tranquila mente a caminar bajo el sol.